domingo, 11 de febrero de 2018

Fin

Este no es un pensamiento nocturno, tampoco nada poético.
Encuentro un poco mas sencillo relatar mis vivencias que crear ficciones fantásticas, pero aún así me cuesta afrontar y aceptar lo que me pasa. Creo que expresándolo mediante mis dedos en un teclado se me hace más fácil.
En septiembre de 2013, con 16 años recién cumplidos, conocí a una persona que significaría mucho por los siguientes 4 años de mi vida. No escribo su nombre porque no es de importancia, pero movió mi mundo de una manera muy particular. Gracias a su presencia en mi vida conocí lo que es el amor, lo que es enamorarse, y lo que es dejar todo por la persona que amas (aunque eso no esté bien).
Ya lo conocía, aunque no en serio, porque una amiga mía se había besado algunas veces y compartido alguna que otra situación con él. Me daba miedo que me gustara un chico que había pasado por sus labios. Y cuando ella lo supo, se molestó lo suficiente como para distanciarnos un poco. El principio de la relación fue algo tortuoso, mis amigas estaban casi en mi contra.
Más allá de eso, congeniamos casi inmediatamente. Reímos, nos besamos, tuvimos sexo y una conexión increíble para mí. Y para él también. Aproximadamente al mes de haber empezado a vernos oficializamos la relación. Pero él seguía coqueteando con otras chicas y eso me hacía sentir mal, lo que fue un problema durante casi la mitad de nuestra relación.
El primer día de 2014 me dijo que me amaba, algo borracho y mientras hacíamos el amor. Fue una sensación increíble, que ya olvidé. Yo estaba en la cima del mundo. Luego de esto se quedó dormido y yo me fui a mi casa.
Hasta aquí todo bien. Antes de cumplir el año tuvimos peleas grandísimas, una de ellas porque estando borrachos revisé su celular (error, nunca lo hagan) y encontré conversaciones con todas y cada una de las chicas que conocía y había querido tener algo o había concretado. Luego él solicitó mi contraseña del facebook y yo, como buena idiota, se la di. No tenía nada, por supuesto, más allá de alguna conversación con algún amigo en la que dijera un chiste de tono elevado. Pero ahí comenzó su desmedida desconfianza hacia mí. E irónicamente, mi confianza hacia él.
Lo que pasaba era que no quería tener una relación en la que estuviera preocupándome todo el tiempo por lo que él estuviera haciendo o dejando de hacer. Y a él le pasó lo contrario.
Empezó a hacerme la vida imposible. Todo le provocaba una profunda inseguridad y terminé peleándome con amigos porque era muy tonta para ponerle los límites a él. Hasta llegó a desconfiar de un amigo suyo, pero esa inseguridad la proyectaba en mí y no en su amigo. Su desconfianza nació el día de mi cumpleaños de 18, en el que su amigo se acercó a decirme algo, y mi novio pensó que me estaba pidiendo un beso. Ya sé, una locura. Me machacaba el cerebro queriendo sacarme información sobre esto, y la verdad es que no había nada que contar. Y esta es solo una pequeña faceta de lo que fue su desconfianza hacia mí.
A pesar de no inmiscuir en su vida, o gracias a ello mejor dicho, me llegó el comentario de que había tenido sexo con una amiga suya. El comentario, lamentablemente, llegó a mis oídos casi un año después de sucedido, y no sé por qué se sentía incorrecto romper la relación a raíz de eso.
Pero fue un punto de quiebre, porque ahí empezó a caer nuestra relación. No en picada, muy paulatinamente.
Me desencanté, empecé a pensar en todas las cosas horribles que me había hecho y que yo había hecho por él. Y hace dos meses me separé de él. Con dolor, con miedo, con mucha y profunda tristeza.
Hoy cuento lo malo, que fue mucho, pero ya contaré lo bueno, que fue mucho también.

domingo, 2 de agosto de 2015

Personalidades

Soy Irina y tengo 17 años.
Me gustan los gatos y el café. Mi guardarropa consta de básicamente cualquier tipo de suéter que me llegue hasta los muslos. Mi color favorito es el verde oscuro.
Tengo un maneki-neko tatuado en el muslo izquierdo, y un cuervo en el cuello.
No me gusta mucho la gente, y evito lo más que puedo los trabajos en equipo. No por antisocial, sino porque me molesta que mi destino inmediato esté en manos de alguien más que yo.
No creo en nada sobrenatural, pero sí creo que somos un grano de azúcar en el plato de cereales con leche de un ser en un mundo mucho mayor y complicado que el nuestro.
Creo que el alcohol es un vicio divino, y puedo disfrutar plenamente de una fiesta siempre y cuando tenga para beber. Sobria me cuesta mucho socializar, pero no por eso me faltan amigos.
Mi mejor amiga es Matilde, la conocí en primer grado, y desde entonces nos hicimos inseparables. Es bastante distinta a mí. Tierna, abrazable, pero a la vez sin pelos en la lengua. Es esa lengua afilada la que me mantiene tan cerca de ella.
Nuria y Gastón son mis amigos desde que tengo uso de la razón. Crecimos siendo vecinos, pasamos por todas las etapas juntos. Pasé por momentos difíciles en los que ellos, junto con Matilde, fueron mi único sostén.
Mis padres son de lo mejor del mundo. Siempre me apoyaron en todas las decisiones que tomé por mi cuenta y siempre que me cometí errores supieron hacerme corregirlos sin necesidad de gritarme.

Me intriga mucho la muerte y todos sus aspectos. Su antes, su durante, su después.

martes, 14 de julio de 2015

Diez & ocho

Hace diez días alcancé la mayoría de edad.
No es que haya tenido la oportunidad, si es que hay una, de ponerla en práctica. Pero tampoco se siente como un gran cambio en mi vida.
Y es que durante toda la semana en la que se avecinaba mi cumpleaños, tuve muchos días seguidos de mal humor y peleas. Se sentía como un mal augurio constante, y el día de mi cumpleaños, amanecí enferma.
Volaba de fiebre y tenía la cara paspada de tanto sonarme la nariz, y no pude evitar ponerme a llorar. Esa noche habíamos preparado una "fiesta" en un pequeño bar, mi novio iba a tocar y era algo que definitivamente no se podía cancelar.
Pero después de unas horas empecé a sentirme mejor, mi novio se había ocupado de ponerme paños mojados en la cabeza y gracias a eso y a un poco de voluntad psicológica, la fiebre había empezado a bajar.
Resumiendo un poco, a la noche nos fuimos para el bar.
Fue una de las noches más raras que tuve. Esa noche probé el tequila por primera vez, como regalo de una amiga. Me pareció asqueroso, pero no tuve que tomar nada más durante toda la noche (sin contar los dos fernet que había tomado antes del tequila).
Volaba de fiebre, nuevamente, pero con la ebriedad la sentía muy distante. Pero un tercio de la noche me la pasé pegada al calefactor del bar, cerrando los ojos y disfrutando de la música. Una o dos veces me quedé adormecida sobre el calefactor, y tres me quemé las manos.
Cuando volví a mi casa, tenía tanta fiebre que no pude hacer otra cosa que acostarme a dormir.
Luego vinieron días extraños.
De nuevo discusiones, mal humor y ganas de llorar casi todos los días.
Hasta que uno admite que está teniendo una semana de mierda y las cosas empiezan a mejorar.
Y esa fue la primer moraleja que me dejaron mis 18.
Las cosas no mejoran a no ser que uno tome las riendas de la situación y decida que es tiempo de que lo hagan.