martes, 14 de julio de 2015

Diez & ocho

Hace diez días alcancé la mayoría de edad.
No es que haya tenido la oportunidad, si es que hay una, de ponerla en práctica. Pero tampoco se siente como un gran cambio en mi vida.
Y es que durante toda la semana en la que se avecinaba mi cumpleaños, tuve muchos días seguidos de mal humor y peleas. Se sentía como un mal augurio constante, y el día de mi cumpleaños, amanecí enferma.
Volaba de fiebre y tenía la cara paspada de tanto sonarme la nariz, y no pude evitar ponerme a llorar. Esa noche habíamos preparado una "fiesta" en un pequeño bar, mi novio iba a tocar y era algo que definitivamente no se podía cancelar.
Pero después de unas horas empecé a sentirme mejor, mi novio se había ocupado de ponerme paños mojados en la cabeza y gracias a eso y a un poco de voluntad psicológica, la fiebre había empezado a bajar.
Resumiendo un poco, a la noche nos fuimos para el bar.
Fue una de las noches más raras que tuve. Esa noche probé el tequila por primera vez, como regalo de una amiga. Me pareció asqueroso, pero no tuve que tomar nada más durante toda la noche (sin contar los dos fernet que había tomado antes del tequila).
Volaba de fiebre, nuevamente, pero con la ebriedad la sentía muy distante. Pero un tercio de la noche me la pasé pegada al calefactor del bar, cerrando los ojos y disfrutando de la música. Una o dos veces me quedé adormecida sobre el calefactor, y tres me quemé las manos.
Cuando volví a mi casa, tenía tanta fiebre que no pude hacer otra cosa que acostarme a dormir.
Luego vinieron días extraños.
De nuevo discusiones, mal humor y ganas de llorar casi todos los días.
Hasta que uno admite que está teniendo una semana de mierda y las cosas empiezan a mejorar.
Y esa fue la primer moraleja que me dejaron mis 18.
Las cosas no mejoran a no ser que uno tome las riendas de la situación y decida que es tiempo de que lo hagan.

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