domingo, 2 de agosto de 2015

Personalidades

Soy Irina y tengo 17 años.
Me gustan los gatos y el café. Mi guardarropa consta de básicamente cualquier tipo de suéter que me llegue hasta los muslos. Mi color favorito es el verde oscuro.
Tengo un maneki-neko tatuado en el muslo izquierdo, y un cuervo en el cuello.
No me gusta mucho la gente, y evito lo más que puedo los trabajos en equipo. No por antisocial, sino porque me molesta que mi destino inmediato esté en manos de alguien más que yo.
No creo en nada sobrenatural, pero sí creo que somos un grano de azúcar en el plato de cereales con leche de un ser en un mundo mucho mayor y complicado que el nuestro.
Creo que el alcohol es un vicio divino, y puedo disfrutar plenamente de una fiesta siempre y cuando tenga para beber. Sobria me cuesta mucho socializar, pero no por eso me faltan amigos.
Mi mejor amiga es Matilde, la conocí en primer grado, y desde entonces nos hicimos inseparables. Es bastante distinta a mí. Tierna, abrazable, pero a la vez sin pelos en la lengua. Es esa lengua afilada la que me mantiene tan cerca de ella.
Nuria y Gastón son mis amigos desde que tengo uso de la razón. Crecimos siendo vecinos, pasamos por todas las etapas juntos. Pasé por momentos difíciles en los que ellos, junto con Matilde, fueron mi único sostén.
Mis padres son de lo mejor del mundo. Siempre me apoyaron en todas las decisiones que tomé por mi cuenta y siempre que me cometí errores supieron hacerme corregirlos sin necesidad de gritarme.

Me intriga mucho la muerte y todos sus aspectos. Su antes, su durante, su después.

martes, 14 de julio de 2015

Diez & ocho

Hace diez días alcancé la mayoría de edad.
No es que haya tenido la oportunidad, si es que hay una, de ponerla en práctica. Pero tampoco se siente como un gran cambio en mi vida.
Y es que durante toda la semana en la que se avecinaba mi cumpleaños, tuve muchos días seguidos de mal humor y peleas. Se sentía como un mal augurio constante, y el día de mi cumpleaños, amanecí enferma.
Volaba de fiebre y tenía la cara paspada de tanto sonarme la nariz, y no pude evitar ponerme a llorar. Esa noche habíamos preparado una "fiesta" en un pequeño bar, mi novio iba a tocar y era algo que definitivamente no se podía cancelar.
Pero después de unas horas empecé a sentirme mejor, mi novio se había ocupado de ponerme paños mojados en la cabeza y gracias a eso y a un poco de voluntad psicológica, la fiebre había empezado a bajar.
Resumiendo un poco, a la noche nos fuimos para el bar.
Fue una de las noches más raras que tuve. Esa noche probé el tequila por primera vez, como regalo de una amiga. Me pareció asqueroso, pero no tuve que tomar nada más durante toda la noche (sin contar los dos fernet que había tomado antes del tequila).
Volaba de fiebre, nuevamente, pero con la ebriedad la sentía muy distante. Pero un tercio de la noche me la pasé pegada al calefactor del bar, cerrando los ojos y disfrutando de la música. Una o dos veces me quedé adormecida sobre el calefactor, y tres me quemé las manos.
Cuando volví a mi casa, tenía tanta fiebre que no pude hacer otra cosa que acostarme a dormir.
Luego vinieron días extraños.
De nuevo discusiones, mal humor y ganas de llorar casi todos los días.
Hasta que uno admite que está teniendo una semana de mierda y las cosas empiezan a mejorar.
Y esa fue la primer moraleja que me dejaron mis 18.
Las cosas no mejoran a no ser que uno tome las riendas de la situación y decida que es tiempo de que lo hagan.